EDITORIAL
Guatemala se convierte en una vergüenza para todos. No sólo por sus constantes escándalos políticos, que nos muestran a un "presidente" con minúsculas. Sin honor, sin honradez, mucho menos con hombría. Un grupo de buitres que se mueren por seguir esquilmando al tesoro nacional y con ello a los guatemaltecos. Nos hemos convertido en un país que se merece cuanta maldición pueda descender de los cielos, un país en el que ultrajan a unas inocentes e indefensas niñas de menos de seis años y las inútiles "autoridades" no hacen nada. Somos un país donde se asesina y tortura a un bebé y el responsable se esconde ahora tras una biblia y todos dicen "ha cambiado" y así se pasan los días, los meses y la condena, así como la sentencia no llegan. Un país que le permite a un ladrón irredento como Alfonso Portillo, comprar su "libertad" y pactar su inocencia ante corruptos jueces y la pasividad de todo un pueblo.
Tanto al inicio de la Cuaresma, como al llegar la Pascua hablamos hasta la saciedad del necesario cambio o de las consecuencias que nuestra Patria sufriría. Ahora estamos viviendo un verdadero infierno en la tierra. Se asesina, roba y ultraja a placer. Nadie hace nada, nadie defiende a los débiles, a los pobres y a los abandonados. ¿No hubo conversión? ¿Nos hemos convertido en un país de salvajes? Dios quiera que no. Dios quiera que aún exista esperanza. Esperanza de tomarnos el tiempo para escuchar la voluntad divina y coincidir con ella. Constantemente escuchamos que los buenos somos más y que podemos hacer un cambio. Pues ya es hora de ver este enunciado en acción. Amén.